La carta (Cuento corto)



SAN RENDÓN, OCTUBRE 04, 2005

Al amigo Joaquin Vallejo.



Don Joaquin:

No sabría bien como empezar, desde hace varios días que intento encontrar las palabras.

El miedo me consume, lentamente se va apoderando de todas mis acciones. Ni siquiera mis pensamientos se salvan.

Llega un momento en el que espero con aterradora impaciencia que llegue la noche, de alguna manera siento alivio cuando las tinieblas consumen las sombras que me vigilan todo el día.

Ayer hable con el párroco. Es curioso, pero aun en pleno siglo XXI estas instituciones siguen influyendo cierto respeto en cuanto a cosas espirituales se refiere, seamos o no creyentes.

Por desgracia, no fue de mucha ayuda.

"-Padre, es que no me queda mucho tiempo- recuerdo haber suplicado a ese hombre de aspecto pulcro que me miraba escéptico desde el otro lado de aquel antiguo escritorio.

-Reza hijo, solo eso puedes hacer.

No dije nada, me quede en silencio apenas conteniendo el llanto.

Seguramente vio la desesperación en mi mirada, porque aunque había dado por terminada la conversación se revolvió incomodo en su lugar para afirmar con voz condescendiente:

-Yo mismo elevare una plegaria por ti. [...]



Espero que reciba a mi carta antes de media noche.

Como le mencione antes, el miedo me consume más y más.
Siento que algo (o alguien) me persigue. Es imposible dormir en paz.
Con frecuencia despierto a mitad de la noche, mirando con horror hacia la vieja ventana de mi habitación. Ahí esta eso... Ahí estaba eso.
Esa sombra merodeadora que vigila con infinita paciencia los pocos minutos que puedo conciliar el sueño.
¿Que le debo?
¿Porque me persigue? ¿Porque yo?
¿Que es lo que busca de mi?
¿Habré enloquecido ya?

Estoy muy desesperado, he perdido la tranquilidad en mi alma.

Ni siquiera el silencio me otorga un momento de claridad.

No quisiera preocuparle, pero si leyó esta misiva después de la media noche, me gustaría invitarlo a que llamara a la policía para que acudan sin perder tiempo a mi domicilio, a esas horas será muy tarde para intentar reanimarme... la cuerda que sostiene mi cuerpo inmóvil abrazará mi cuello de manera posesiva... yo ya habré partido.


Nadie pudo ayudarme en vida.

Pero cuento con usted para que al menos alguien sepa el porque de mi partida.

No se preocupe, yo ya no siento miedo.

Ya borre de mi existencia el sentimiento de terror que alguna vez me acompañara en vida.


P.D:

Guarde la carta, tal vez sea usted a quien estén buscando.



Hasta pronto: Clemente.







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