Vida, momento de la muerte

Hace pocos días, tuve la pena de asistir al funeral de una recién nacida.

La bebita apenas estuvo en esta vida durante una semana completa, pasando cada instante de su existencia luchando por sobrevivir un día más.
Desafortunadamente, su corazón no resistió la lucha y falleció minutos después que su madre había salido de la habitación a preguntar un informe sobre como evolucionaba la salud de su hija.

No pude ir a su velorio, pero si asistí cuando enterraron su cuerpecito en el panteón.
Ahí, las pocas personas reunidas, le dimos el ultimo adiós y deseamos con todo nuestro corazón que donde se encontrará no existiera el sufrimiento y la alegría de su alma acompañara en todo momento a su desconsolada madre.

Llore. Llore mucho, llore porque esa niña nunca podría disfrutar de la brisa del viento soplando desde el norte, porque no podría ver los amaneceres que nos regala el universo cada mañana y nos recuerda que de cierta manera lo único que más o menos nos pertenece es el ahora.
Luego me puse a pensar, que no faltaba mucho para que mi cuerpo terminara también bajo varios kilos de arena, encerrado en un ataúd de colores opacos y que tal vez no habría aprovechado mi vida haciendo lo que quería.

Que tal vez habría desperdiciado momentos importantes pensando en como cambiar la opinión de personas que no tenían importancia en mi vida y a las cuales yo les otorgaba toda la razón del mundo al momento de opinar sobre mi vida y mi manera de actuar.
Que tal vez me prive de conocer a personas maravillosas por temor a ser lastimada.
Que tal vez pospuse demasiado el hacer lo que yo más amaba y le di prioridad a aquello que no importaba.


Que tal vez mi vida no esta siendo aprovechada de la manera en que me gustaría.
Porque no importa a cuantas personas les agrade o cuantas terminaron por odiarme. No me llevare conmigo sus impresiones sobre mi manera de vivir, mis acciones, mis palabras, mis maneras, mis manías, mis costumbres, mis locuras y sobre todo mis defectos. La verdad es que ni siquiera me llevare sus insultos o sus reclamos por todo aquello que hice (o que no hice).

Porque la muerte nos acecha a todos cada día sin importarle que tan populares, ricos o inteligentes seamos. Igual terminaremos muertos en algún momento y en algún lugar.
Las personas mueren todos los días, es verdad. Pero parece que necesitamos ser testigos de su asombroso poder para recordar que nuestro tiempo esta contando y que cada instante vale para gastarlo en aquello que nosotros prefiramos.
Tememos tanto a vivir, que terminamos muriendo lentamente de temor.

Con todo mi cariño: para Jeidi.


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