Crónica de una estudiante sin credencial

Desayuno, hago una hora en transporte para llegar a mi universidad (más o menos temprano) porque siempre llego tarde. Tomo mis clases como quien acepta su destino convencido de hacer lo correcto cada día. La hora se pasa volando. Salgo feliz cuando escucho la campana que anuncia el final de la clase a respirar el oxígeno que me prive de disfrutar por una hora al estar encerrada con otras 32 personas que como yo, se sienten felices de no pasar ni un minuto más en ese reducido espacio con apenas 3 ventanitas y sin nada de aire. Salgo un instante al patio de fumadores, ahí están mis amigos, fumando ¿Qué otra cosa pueden hacer si no aprovechar el reducido tiempo para encender un cigarro? Saludo, parecen disfrutar de la nicotina, tanto así que soy ignorada por todos. No insisto, se lo placentero que es disfrutar de aquello que te encanta. No así del cigarro, no me gusta. Nunca me ha gustado. Quise probarlo, una vez quise obligarme a que me gustara. Después de todo, soy la única que no tiene el vicio de encender un cigarro en cada minuto que tiene libre.

Casi me muero, la boca me supo a cenicero todo el día. Mala idea.

Vuelve a sonar la campana, nuevamente el encierro de una hora. Tomo mi mochila del suelo. Mis amigos me intentan convencer que no entre a mi clase, que me quede ahí sentada viéndolos fumar. Aunque la estadística no es precisamente algo que disfrute aprender, no es motivo suficiente para faltar a mi clase. Me disculpo, esa clase es importante para mí. Además el salón no huele a humo, en el salón puedo respirar tranquilamente sin preocuparme por quedar apestando todo el día a cigarro. 
¿Apestar? ¿Así es la palabra? Sí, es correcta.
Me alejo de ellos, camino muchos metros hasta llegar a mi salón. El profesor ya está adentro y cerro la puerta que solo abre desde su lado. Toco la puerta para que me permita entrar. El maestro me hace una señal con su reloj indicándome la hora, son las 4:05. Levanto las manos en señal de protesta, aún tengo otros cinco minutos de tolerancia. Me señala nuevamente la hora y me hace un ademan con la mano para que me vaya, estoy interrumpiendo su clase. Todos mis compañeros observan la escena en silencio. Suspiro resignada, tengo falta.

Regreso sobre mis pasos. Veo a lo lejos a mis amigos, siguen fumando. Aunque dije que no me quedaría esa hora con ellos, no quiere decir que regrese porque haya cambiado de opinión si no porque no me dejaron entrar a mi clase. Intento pasar desapercibida, pero no hay tiempo de ocultarme, me vieron desde lejos. Gritan mi nombre, me animan a acercarme. Regreso con una sonrisa apenada. No me dejaron entrar. Se ríen, se burlan. No digo nada, aunque estoy segura que mis mejillas están rojas.
Se acaban los cigarros, no hay dinero para más. Al menos hasta que termine esa hora y vuelva de clases el chavo que los da más baratos, el mismo que va conmigo en estadística. 
Se ponen a platicar. Nunca sé que decir cuando se ponen a platicar, así que me quedo en silencio. Asiento, me río, parezco cómoda de ser parte en la conversación. No es así, nunca encajo demasiado con un grupo de amigos. Cuento los minutos para hacer otra cosa. Invento una excusa, debo entregar unos libros a la biblioteca. Camino en silencio, parece que nadie escucho mi intento de excusa.
Llego al edificio. Me saluda por mi nombre el encargado. Lo saludo de vuelta, camino hasta la sección de literatura. Busco algo nuevo de Isabel Allende. No hay nada nuevo, esos libros ya los leí. Busco esperanzada algo de Virginia Wolf, no hay nada. Busco de nuevo, veo portadas diferentes. El mago de Viena de Sergio Pitol, El amor en los tiempos del cólera, La ciudad y los perros, la flor de lis. Me detengo, encuentro uno que llama mi atención. Esta autora es nueva, no la había visto. Diana Wayne Jones, El castillo en el cielo. Lo hojeo lentamente, se ve interesante. Que más da. Lo tomo en mis brazos, como quien toma a un niño con cuidado. Examino distraidamente otros estantes. 
Salgo a la recepción, pido en préstamo el libro del castillo y otro de poemas de J. E. Pacheco. El encargado me pide mi credencial. Busco con cuidado en mi mochila. No esta. 
Busco en mi chamara, en mis pantalones, en mi blusa, en mi cartera. No esta. 
Me doy un golpe en la cabeza. La deje en mis otros pantalones.

El hombre se disculpa, pero no puede prestarme los libros sin la credencial. Reglas de la universidad. Aprieto con fuerza los libros a mi pecho, no quiero dejarlos. Quiero tenerlos para mí. 
Alguien podría encontrarlos y llevárselos a su casa. Suspiro molesta. Afirmo que regresare más tarde. Es mentira, no puedo volver más tarde porque mi casa está a una hora de camino. Dejo los libros sobre el mostrador, salgo del edificio sin nada. Siento una brisa golpear con fuerza mi rostro. Volteo a todos lados, parece que ya termino la clase. El maestro que no me dejo entrar a su clase ahora camina con mucha prisa por los pasillos repletos de estudiantes. Vuelvo mi rostro en dirección a donde estaban mis amigos. Se han ido.

Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia, una de ellas cae exactamente en mi nariz. Doy un brinco por la sorpresa. Camino con fastidio a la puerta de la escuela. Apenas llego y justo en ese instante pasa mi camión. Corro inútilmente tras él. Me quedo de pie viendo como desaparece a lo lejos. Las gotas de agua caen con más intensidad. Regreso a la parada del camión, me pongo el gorrito del suéter para cubrirme un poco. De nada sirve, en cuestión de minutos estoy empapada. El camión tarda otros 10 minutos en pasar. Me subo echa una sopa y busco sentarme junto a una ventana.  Meto la mano en mi mochila para sacar un libro y hacer menos larga la hora que me falta para llegar a mi casa. Maldición, lo olvidaba. No hay libro porque no hay credencial.


No sé si soy tan común que sobresalgo o sobresalgo por ser increíblemente común.


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