Hace pocos días, tuve la pena de asistir al funeral de una recién nacida.
Desafortunadamente, su corazón no resistió la lucha y falleció minutos después que su madre había salido de la habitación a preguntar un informe sobre como evolucionaba la salud de su hija.
No pude ir a su velorio, pero si asistí cuando enterraron su cuerpecito en el panteón.
Ahí, las pocas personas reunidas, le dimos el ultimo adiós y deseamos con todo nuestro corazón que donde se encontrará no existiera el sufrimiento y la alegría de su alma acompañara en todo momento a su desconsolada madre.
Llore. Llore mucho, llore porque esa niña nunca podría disfrutar de la brisa del viento soplando desde el norte, porque no podría ver los amaneceres que nos regala el universo cada mañana y nos recuerda que de cierta manera lo único que más o menos nos pertenece es el ahora.
Luego me puse a pensar, que no faltaba mucho para que mi cuerpo terminara también bajo varios kilos de arena, encerrado en un ataúd de colores opacos y que tal vez no habría aprovechado mi vida haciendo lo que quería.
